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No .6. Juego y Educación



Atender la educación, antes que nada, como un empeño moral destinado a estimular la democracia y a favorecer un clima de justicia social en cuyo ámbito la pobreza se considere un factor éticamente inaceptable supone un viraje en la concepción de los derroteros que perseguimos, pues no se trata ya de normalizar y de instruir, sino de incentivar la chispa creadora y dinamizadora del ciudadano auténtico frente a las instituciones y sus posibilidades potenciales.  Se trata de apostar por el genio individual y la sensibilidad adosada a la cultura.  Se trata de entender, en primera instancia que las naciones no son entes en abstracto, sino organismos dinámicos que se transforman –o deben transformarse– en la misma medida en que se transforma y vigoriza el alma de los pueblos.  La raíz más honda de la educación debe alimentarse en la vasta superficie del tiempo y de los tiempos... y la ética del conocimiento debe ampararse en la estética y en la lúdica, dos valores primarios en que las fuentes del goce y de la creatividad se multiplican abriendo la probabilidad del ser a lo posible más que a lo plausible.